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No te arrepientas ni al final

Por: Daniel Céspedes
Mar, 09/04/2019 - 10:02

Cuando el protagonista (Yasmany Guerrero) de Alberto, de Raúl Prado, le pregunta a su hermano Tomás (Eduardo Martínez): «¿Por qué uno tiene que vivir con consecuencias que no te tocan?» se descubre pensando más en su situación que en la de su consanguíneo. Es quien regresa y rememora sin reparar que, para los demás, quedó en el pasado como su padre fallecido.

Alberto, víctima hace tiempo ya de un acto colectivo de repudio, retorna a Cuba. No desea recriminar a nadie. Se admitiría que ha perdonado, que solo quiere ver a su familia. Pero con su llegada sobreviene una cenicienta atmósfera que no queda claro si ha sido buscada para remarcar un estado de ánimo y advertir el destino del protagonista o porque cuando filmó al director «le tocó» un día nublado. Sin embargo, fin estético o no, acentúa tanto la rutina existencial del paisaje campestre como la alarmante llegada del otrora subversivo, descarado, gusano.  

Más allá de saber qué le sucederá al personaje principal, al espectador puede interesarle enseguida indagar sobre las razones del regreso de Alberto. ¿Descansar junto a los suyos? Que el padre estuviera en el acto de repudio y que muriera antes o después de cuanto se le dice a Alberto repercute. A él le hubiera encantado volver a hablar con su progenitor. Mas ¿por qué sentimos que todo el tiempo pretende que le eximan su ideología, exilio, vocación, personalidad, entre otros? No debe, no puede y menos logra Prado que el descubrimiento de cuándo murió el padre revolucionario sea cuanto soporte el relato del cortometraje. De hecho, Tomás culpa a su hermano por haberse ido. «Tú fuiste quien me dejaste a mí solo, en el pueblo de mierda este». ¿Qué quería, que se redimiera Alberto «ensuciando» más la propia residencia que lo desalojaba? o ¿es que de haber sabido que su padre lo repudiaría hubiera cambiado su decisión de partir? ¿Qué oportunidades se le ofrecían al protagonista de no haberse marchado? Luego cuenta Tomás: «La única salida que él encontró fue pegarse un tiro en la cabeza. Tú lo mataste. Sí. Tú lo mataste. Y tú lo mataste por no confiar en él ni en mí». ¿En serio? ¿Dónde estaba Tomás cuando el acto de repudio? Y, ¿cómo después de revelarle que su padre estaba allí le reclama confianza? ¿Basta con lo que nos han mostrado o lo que uno tiene que suponer por cuanto no se (re)presenta en este audiovisual? Está muy bien que se refieran algunas causas y consecuencias como por ejemplo que Tomás solía intermediar entre su padre y el hermano, que estaba con este último en las buenas y en las malas. Ahora, sobran imágenes consecutivas que redundan el presente como la visita a la tumba, que pudo alternarse con una secuencia no tan exclusiva como lo es la del rechazo multitudinario. Tal vez es obvio: Alberto no quería irse, sino reprochar con buena fe desde adentro. Acaso le hubiera convenido ser un cantautor crítico, de esos que prohíben y luego aceptan porque, en el fondo, no hacen daño.

¿«Orgulloso y extremista el padre»? No. En todo caso Alberto, pues coloca un disco de música en la tumba de aquel; le regala una guitarra al sobrino y, hacia el final, lo vemos sentado con una soga en su cuello como desdiciéndose de haber vivido. ¿Arrepentirse porque te estás muriendo? Ese es uno de sus peores extremismos. El arrepentimiento engaña a la conciencia: finge calmarla. No restituye lo pasado, no mejora la herida, ni cambia la decisión. Por tanto no salva. Salva quien decide continuar o morir con la plena conciencia de la carga llevada, de la experiencia vivida. Olvídese del arrepentimiento; pero no de lo que se ha sido. Así la agonía y el riesgo de enfrentar la vida. ¡Qué manera de afirmarla afirmándote!

Tomás: — ¿Tienes a alguien allá esperándote?

Alberto: — He tenido mis cosas. Pero es complicado, Tomás. No sé. Será que no estuve lo suficiente en un lugar como para eso.

«¿Por qué uno tiene que vivir con consecuencias que no te tocan?» Pues mira que sí, le tocan a Alberto y bien de cerca. Uno sabe que regresó no precisamente para morir.

 

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