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No es ciudad para filmes

Por: Mayté Madruga …
Mar, 09/04/2019 - 10:15

La Habana, capital de Cuba. La Habana, ciudad maravilla. La Habana, #lomasgrande. La Habana, lugar donde Isabel de Bobadilla aún espera que su esposo regrese de La Florida. La Habana es una actriz de carácter, que ha visto cómo decaen sus papeles en el cine. Hace años le prestó los muros a Humberto Solás, le entregó su casco histórico/histérico, y este puso en ella a Cecilia y alumbró el siglo con luces. En su devenir por el cine cubano, de diva pasó a villana, a ruinas, a estereotipo corroído. Y todo para que Terence Piard la hiciera su Chinatown particular y pusiera en el mismo nivel sus despojos arquitectónicos y las mezquindades de sus personajes. Todo por estrenarse en la Muestra de Nuevos Realizadores. Para esto prestó sus solares y su nombre junto al sustantivo bajo. Bajo Habana (2003) fue apenas el comienzo. Desde entonces ella ha dejado de ser espacios vacíos, ruinas y llega al set de grabación de forma imponente, como las damas de antaño: con encajes malolientes pero actitudes aristocráticas.

No contenta con que Piard la invitara a su corto, sedujo a dos comunicadores: Aram Vidal y Erick Coll, y los invitó a pasear por Calle G, donde habitaban seres más incomprendidos que ella misma: «los rockeros». Aquí solo coqueteó con Pierre Bourdieu, e invitó a entender cómo las personas se apropian de los espacios públicos y cómo ella, a pesar de todo, sigue poniendo los bancos y las aceras en la vida de los seres humanos que los necesitan.

Siempre se las ingenia, y convence a unx que otro realizadxr, para que convierta su audiovisual en una «asamblea de producción y servicios» disfrazada de reportaje, en la que hacen cuenta de su deplorable estado constructivo. Esto quizás empezó cuando Alina Rodríguez comenzó a buscarla desesperadamente en los rostros de los inmigrantes holguineros, santiagueros, guantanameros, que viven en barrios «indocumentados por vivienda», concepto de resistencia que usan sus habitantes, pues si a ella la declararon «capital de todos los cubano», lo más lógico es que todxs lxs cubanxs que deseen puedan vivirla. Ellos extendieron sus zonas, la hicieron inhabitablemente acogedora.

Y ahí sigue, En la espera (Ahmed López; 2015), añorando que los reportajes documentales sobre barrios como El Vedado llegue a su fin, que la casa de Renée Méndez Capote no muera con el siglo.

Mientras, ella no se queja, aguanta callada lo más que puede, solo un derrumbe, una que otra vez. Pero no la culpen, es que no aguanta más la nostalgia de tantas personas. No soporta ver cómo poco a poco le fue llegando el Internet, y con este, sus lugares volvieron a estar en los recuerdos de amistades que no se ven hace años; la última vez que se abrazaron fue en su aeropuerto José Martí, o en el Malecón. Porque hay muchas cosas que su Universidad no dice. Porque después de Sergio y David y las fresas del helado, pasaron muchxs estudiantes.

Entre ellos Mara y Nuria, quienes se aferraron a ella lo más que pudieron, aun cuando la conexión era con Habanaver.T.A 31KB/seg (2009). Ella se unió a Javier Labrador y Juan Carlos Sánchez en una especie de cruzada arqueológica y miró con desdén, a veces, y con compasión, otras, a los seres humanos que habitan sus espacios. Porque ella es así, patriótica si hace falta, rumbera por necesidad y cambiante siempre que lo precise.

Pero no es una ciudad que siempre está despierta, no es París, puertas abiertas (2014), aunque le agradece mucho a Marta María Borrás que le sacara sus mejores ángulos. Que buscara una forma de mirar diferente, en la cual los tres personajes convivieran mudos pero dignos. Porque no siempre es así: cuando cae el Atardecer en el trópico (Marta María Borrás, 2018) La Habana vuelve a quedarse inmóvil, los edificios grises aparecen y la hora mágica no es suficiente para iluminarlos. La Habana se conforma y con ella nos conformamos todxs.

La realidad es que ella es más bien como la Ciudad del futuro (Damián Bandín Carnero y Karin Losert, 2008), que soñó con tener al hombre nuevo y solo le quedaron espacios vacíos, prestos a convertirse en dormitorios.

Adormilada ella y los personajes que caminan en sus calles, aún se da el lujo de impresionar inmigrantes, mientras los acompaña al Partir (Estela María Chaviano, 2014) por sus calles; mientras lxs ilusiona y les da una fuerza extraña para contar sus verdades.

Otras veces ella misma se extraña y desde la ficción suele dar un punto de giro para mirarse a sí misma proscrita, como foránea, como si se convirtiera en dos: ella y el personaje telenovelesco que la mira. Es capaz de abandonar el artículo y transformarse en Habana: punto de giro (José Manuel García Casado, 2013), ser dos ciudades a la vez, todo lo que el cine/país necesite que sea.

Así fue convirtiéndose en una ciudad/personaje enrarecida. Que no es lo suficientemente conocida. Aún hoy tiene castillos que son testigos silenciosos de cruising. Batería (Damián Saínz, 2016), un lugar que mira a la otra ciudad, a esa más vistosa, pero que al final ninguna de las dos –la del lado de allá de la bahía y la otra– saben cuál es cuál. Ambas cuentan la historia, pero no la Historia.

La Habana se ha convertido en la Casa de la noche (Marcel Beltrán, 2016), allí donde la única forma de preservar sus ruinas ha sido a través de la alquimia de los 16 mm, junto a la voz de Mauricio Beltrán, quien no le canta sino que le reza, cual letanía en espera de que salga de su letargo, que se empodere, para que sea más que marchas de antorchas y ruinas hermosas, más que almendrones alienígenas y cineastas mirándose.

Que piense en El futuro (2018) de Janis Reyes y que se convierta no solo en el set amargo por donde corre la cerveza en los carnavales y la inconciencia por El Prado. Que trascienda la mirada subdesarrollada, y con ella todos los lugares que la convierten en «única». Que deje atrás el artículo «La» y se convierta en muchas Habanas. Que sea una ciudad que no aspire a tanto en el cine y sí en la vida. Que deje de vivir de glorias pasadas y busque nuevos monumentos. Que olvide las canciones, los cumplidos excelsos, que deje las actuaciones especiales y se retire con dignidad. Porque lo mejor que le puede pasar a esta ciudad es que el cine ya no la necesite.

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