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Los rostros que adolecen. Sobre La espera de Violena Ampudia

Por: Danae C. Diéguez
Vie, 05/04/2019 - 06:35

Confieso que sus rostros me entristecen. No sé si sabrán que la adolescencia es un camino a muchas cosas, pero nunca a no terminar de crecer, a no terminar de adolecer, a no terminar de transitar una etapa que es eso: vía, pasaje, sedimento. No sé si alguien les explicó que de pronto hay un cambio abrupto, un rompimiento; pero para toda la vida, no sé si en su educación estaba incluido, no sé si las empoderaron, no sé si entendieron que sus vidas de niñas/madres era la sujeción a un molde para el que todavía no estaban listas a decidir si se asían a él o lo desmoronaban. Ciertamente no sé si la familia, la escuela, los medios hicieron de las suyas. Tampoco sé si la abulia cotidiana sostiene aún más ese in crescendo de madres adolescentes que exhibimos, si esa temprana erotización del cuerpo femenino es hoy un «triunfo» que muchos muestran como una característica cubana –muy latina– dirían algunos. Quiero decir que no sé, pero sí lo tengo claro. No son ellas, somos todos y todas, ahí llegamos porque la vida les está construyendo ese camino. Ellas son el resultado y ellas, hoy, perdieron un rumbo y empezaron otro, otro que de verdad no sabemos si les pertenece porque queremos creer que aún podían decidir sobre muchas cosas, pero nunca sobre la maternidad. Son rostros de niñas que esperan otras niñas o niños. Son rostros que no han terminado de crecer.

Con La espera, Violena Ampudia pone el dedo en la llaga, mientras sigue la línea de otros documentales que delatan el sin sentido de la maternidad en las adolescentes. La directora decidió solo mostrarnos cómo se paralizan sus vidas mientras llega el día de dar a luz. Son madres adolescentes que tienen riesgos y «esperan» en un hogar materno, o se aburren, o se detienen a añorar o, sencillamente, se acomodan sin «esperar» nada más que el día del nacimiento. La cámara las observa, indaga en sus rostros, nos delata miradas medio aletargadas, miradas ingenuas. La cámara es una más entre ellas, no parece juzgarlas, aguza los sentidos y les devuelve sus rostros más íntimos, ¿cómo juzgarlas si somos parte de toda esa dinámica? ¿Somos de alguna forma responsables? Me gusta el rostro de esa niña cuando en un primer plano repite que una «lámpara puesta al bebé le hará cambiar el trastorno del día y la noche». Me gusta porque mientras la cámara nos la devuelve, nos interpela, nos recuerda qué hicimos mal, cómo, cuándo y de qué forma llegamos a esto. Me gusta porque no es la niña, es una sociedad que hace de la sujeción del cuerpo femenino al masculino un imaginario latente que ancla sus tentáculos subrepticiamente. No nos engañemos, ese imaginario duerme, se despierta, vive con la gente y atraviesa la vida. Y ahí está uno de sus resultados: el camino amputado de estas niñas. Lo mejor del documental es la verdad que devela y cómo la retrata. La inacción, la contracción de estas vidas aún en proceso, es también un detonante. Son las mujeres que en su mayoría perderán autodeterminación y quedarán inmanentes a un hombre, a un sistema, a un molde que no eligieron. De nuevo el ideal de «mujer» nos taladra, la madre-angelical-joven se empoza en la cotidianidad, la ortodoxia religiosa ha ganado. Dios, macho-proveedor recupera espacios, no hace falta que su nombre aparezca, si sabemos de dónde viene todo y cuánto hacemos para seducirlo.

El documental me trajo de vuelta una realidad que tengo muy cerca hoy con las jóvenes que trabajo, son de muchas partes y sus imaginarios les impiden ver otros futuros u otros presentes. Mientras veía el documental, la diferencia quizás estaba en el acento al hablar, pero sus miradas, sus rostros, sus edades escamoteadas, son las mismas. Veo los semblantes de todas y gracias a la mirada de Ampudia, veo lo que esconden. Las miro e intento ser la cámara que quiere radiografiar sus pensamientos. Confieso, me sobrecogen.

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