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La hora mágica de Marta María Borrás

Por: Mayté Madruga …
Vie, 05/04/2019 - 06:35

En fotografía se denomina «hora mágica» a aquel momento del día en que el sol casi se pone y va a caer la noche; no es todo el atardecer sino un momento específico de este. Sobre este instante se arguye que debido a la posición del Sol, la luz realiza una reflexión en la atmósfera creando una iluminación indirecta, donde las sombras son más suaves. No existe mejor encarnación de un período ampliamente utilizado en el cine, que el cortometraje Atardecer en el trópico de la realizadora Marta María Borrás.

Clara (Clara de la Caridad González) y su padre (Eduardo Martínez) se encuentran justamente en ese momento de tránsito, entre el día y la noche; y, aunque no sepan muy bien por qué y hacia dónde van, ambos terminan reflexionando sobre sus vidas de formas muy particulares. Antes de que se convirtiera en una frase de diapositivas, dijo John Lenon una vez: «La vida es aquello que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes». La coexistencia de ambos personajes en esta película es regida precisamente por esa aparente calma y reflexión que trae el atardecer y sus vidas discurren entre alimentar a los canes y el trabajo de ella. Ambos son mostrados discretamente en un momento específico de sus vidas: la que compone la rutina y aquella que entendemos de forma más trascendental, compuesta de sueños y aspiraciones.

Uno de los elementos que ya resaltaba Borrá en su obra Habana, puertas abiertas (2014) es la forma de mirar la ciudad y sus espacios. Si bien no elige la realizadora embellecer a través del kitsch los escenarios de sus audiovisuales, sí posee una mirada diferente en su relación con las ruinas. No remarca a través de la fotografía o de la corrección de colores un estado derruido de los espacios, sino que estos se presentan con una dignidad que dialoga con las diferentes acciones de sus personajes. No es necesario crear una ambientación opresiva para subrayar el momento de nostalgia en que se hallan ambos, sino más bien empoderarlos en estos espacios. La habitabilidad de estos se hace importante sobre todo en la vivienda, lugar de confluencia y refugio, a la vez, de Clara y su padre.

De conjunto, la corrección de colores (Rubén Cruces), la dirección de arte (Edel Figueredo) y la escenografía advierten muchos de los detalles del estado de ánimo de ambos. La relación de los personajes con los objetos, traspasa la analogía utilitaria y toma una significación entre la develación del carácter y el momento por el que pasa cada cual.

La relación quietud/movimiento es otras de las equivalencias que Atardecer… explora. Este momento del día en el que padre e hija van de un lado a otro de la casa o de un lugar a otro de su espacio vecinal se combina con la calma que desprenden sus diálogos y la reflexión que llevan sus acciones. Entre ambos se desarrolla una especie de «guerra fría» que viene dada por lo que uno desea para el otro.

Es significativo destacar que el paralelo entre la esperanza y la desesperanza se construye en este corto no como símbolo metafórico sino a través del tránsito fluido que tienen los personajes en sus interacciones.

Desde la cinematografía, a cargo de Javier Labrador, observamos a Clara y su padre como las personas que vemos en la calle todos los días. Solo vemos cómo llegan y se van y, a través de estas dos acciones, imaginamos historias de vidas, pensamos cuáles pueden ser su sueños, qué los hace felices, y si alguna vez los encontraremos en otro lugar. También ellos se miran así dentro de su casa, confluyen en la cocina donde se atreven a interrogarse por lo que desean y las respuestas a estas preguntas solo tienen infinitivos como respuestas: vivir, empezar, atardecer, caer en esa hora mágica en la que suspiramos y volvemos a comenzar de nuevo.

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