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Home

Por: Alberto Ramos
Mar, 09/04/2019 - 10:04

Home tiene como premisa un dato curioso: hay al menos nueve pueblos o pequeñas ciudades en Estados Unidos cuyo nombre es Cuba. Son en su mayoría minúsculos enclaves perdidos en la inmensidad de la geografía americana. La pieza de Alejandro Alonso no se llama Cuba sino Home. Pero para un cubano la diferencia es apenas perceptible. Dondequiera que estés, la sola mención de la isla se asocia de inmediato al hogar, al recuerdo de los padres, a los afectos más entrañables, a la nostalgia de los orígenes.  

Home es un experimento en forma de travelogue, un travelogue en miniatura y un poco a la inversa. En lugar de alardear, de jactarse, del placer exhibicionista de compartir imágenes como quien exhibe un trofeo de caza, el cazador es obligado por sus imágenes a mirar dentro. Alonso es el viajero al encuentro de esos doppelgängers de la Cuba insular que emergen a su paso por la América profunda, en Winconsin, Illinois, Kansas, Missouri o New Mexico, y registra sus impresiones con una cámara que confiere una dimensión fantasmal a sus imágenes. Por supuesto, ese fantasma que vuelve cada vez, lo reprimido que regresa, es la Cuba insular.

Hay justo en el comienzo una imagen sumamente elocuente que se repite casi al final, pero invertida (esto es, virada a negativo), haciéndose eco de la interrogación que la precede: «¿Un nuevo comienzo?» Es un plano de la esfera solar vista durante un eclipse. La paradoja de lo que debe ocultarse para que sea visible, como en la frase de Apollinaire que podría servir de exergo a Home: Il faut voyager loin en aimant sa maison (Allá donde vayas no dejes de amar tu tierra). Y a continuación los ojos del padre casi fuera de campo, la mirada desde afuera, al otro lado del espejo, donde las luces que se agitan en la noche insondable de la «primera imagen» reaparecen como una estela de puntos luminosos sobre la superficie de una roca. La roca sobre una mano abierta, el gesto poético que franquea el acceso a otra realidad.

Atrás van quedando luego cinco estaciones, cinco Cubas que emergen reverberantes en medio de la oscuridad, prendidas a un par de coordenadas (siempre Norte, siempre Oeste) y a una frase que salta de improviso como en un conjuro salvador, como el esquinazo del alucinado que vuelve invariablemente a su obsesión. A las casas dibujadas por el padre, convertidas en iglesia, inundadas por la lluvia, manchadas en los techos, quemadas en las paredes, derrumbándose sin remedio… Y en medio de ellas, en Pinar del Río, el recuerdo de la madre que habla sobre la primera casa.  

Cada reencuentro con Cuba comienza y termina así. El resto es historia, desgaste y destrucción. La cámara retuerce y sacude las casas y los árboles; las arranca y empuja al otro extremo del cuadro ante el paso de un tornado; las hace desaparecer en las líquidas contorsiones del celuloide. Nada que hacer. Es tiempo petrificado en las viejas fotos de escolares sonrientes, los salones vacíos, la mirada de un antiguo soldado, el joven que empuña una cortadora de césped, los parroquianos a la puerta de un establecimiento. De vez en cuando asoma una inscripción que nos devuelve a la inocencia de los comienzos: «CUBA… A GREAT PLACE TO CALL HOME», «CUBA WELCOMES YOU. ALABAMA FRONT DOOR», o simplemente «CITY OF CUBA». Un residente presume con orgullo de las iniciativas colegiadas democráticamente, el sueño americano que sobrevive a microescala. Tiempo detenido en el espejismo de las utopías, esas fugaces construcciones de la soberbia humana.

Para ese entonces, cuando el autor se interroga sobre otro comienzo, el viaje ha terminado. Por eso regresan los padres y el viajero vuelve a su infancia, pues únicamente así tiene sentido cada nuevo ciclo. El viaje fue solo constatación, advertencia, afirmación. ¿Hacia dónde ahora? Quién sabe. Las únicas imágenes captadas con nitidez por la cámara: un anemómetro con veleta, el altavoz de una sirena, lo que parece un reflector o una cámara de vigilancia, tienen algo en común, esto es, se mantienen girando. Atienden, registran y alertan sin descanso, atentas a un signo de los tiempos que indique la dirección.

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