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El Samsung 7 de Rocaman y la urgencia del cine joven cubano

Por: Pedro Enrique Moya
Tue, 04/03/2018 - 21:15

¿Qué significa, en la Cuba actual, pertenecer a una clase social privilegiada? La pregunta se puede responder casi automáticamente. Significa tener puertas abiertas en muchos lugares, entre ellos el punto de control migratorio del aeropuerto; mantener contactos estratégicos en instituciones públicas y políticas; ostentar un capital cultural mínimo que te permita distinguirte de “la chusma”; acumular cierta cantidad de dinero, aunque no tanto como el que se necesitaría en otras latitudes para hacer la vida cotidiana menos complicada; pero sobre todo, “poseer” objetos cuyo valor simbólico supera por mucho su valor real: digamos, un determinado tipo de televisor, la consola de videojuegos con buenos gráficos o aquel teléfono celular con prestaciones imposibles de usar dentro de la realidad tecnológica del país, pero tan adecuado para presumir en cualquier reunión social.

Estos objetos otorgan un tipo de estatus pasajero (contrario al que aspira la clase adinerada en cualquier rincón del planeta) y reducen la posesión de bienes materiales al hecho primario, casi infantil, de su tenencia concreta. Poseer algo, aunque sea tan básico como un teléfono, y poderlo lucir, se ha convertido en el fin de la acumulación en Cuba. Pero lo interesante de esta necesidad que se replica en todos los estratos sociales es que nos muestra el camino de las aspiraciones materiales que mueven la nación.

Sobre esta premisa, el realizador y guionista Marcos Díaz Sosa reflexiona en su último trabajo, Rocaman (2017), donde explora uno de los dilemas centrales de la Cuba contemporánea: ¿qué es más importante —más meritorio podría decirse—, poseer valores morales o bienes materiales? Porque el día a día en la Isla empuja a la elección entre unos y otros, como si de formas antagónicas se tratara. La respuesta llega apenas unos minutos después de iniciado el relato por boca de un personaje, quien nos recuerda que lo material es una inversión para toda la vida. Esta frase será repetida luego por otro personaje, como un mantra que guiará las acciones del protagonista. En ambas ocasiones, el filme nos involucra como espectadores y nos conmina a completar mentalmente la otra parte de la ecuación, aquella que indica lo contrario para los valores, o sea, que no están hechos para perdurar.

Este cuestionamiento no es nuevo en el audiovisual cubano. Casi desde la creación del ICAIC, una gran parte del cine nacional convirtió la pregunta por la moral del sujeto posrevolucionario en una de sus obsesiones. Díaz Sosa se suma con esta obra a una larga discusión fílmica en la que han participado clásicos como Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Fernando Pérez, Daniel Díaz Torres y, más recientemente, directores como Ernesto Daranas, Esteban Insausti o Lester Hamlet, además de un gran número de los llamados nuevos realizadores en los últimos quince años. El desafío de Rocaman es entonces, además de rescatar el debate, aportar algo nuevo a la discusión. Estrictamente en ese sentido, uno podría decir que sale airoso.

Rocaman explora en varios niveles el conflicto entre la ética personal y la posesión material, y propone la relativización de ambos conceptos en la Cuba actual. A esto sumémosle que el guion, del propio Díaz, encadena este a otros conflictos latentes en el país como el racismo, el clasismo, la naturalización de la violencia y la pérdida de valor del cuerpo (el cual puede ser vendido, maltratado e incluso anulado). El resultado es un crisol temático complejo que delinea una interrogante mayor sobre los límites de la dignidad humana, sin entramparse en el análisis básico de causa-efecto que tanta densidad le ha restado al cine cubano de los últimos tiempos. El problema con esta complejidad es que no logra traducirse de manera clara y contundente en la propuesta formal del cortometraje.

Díaz Sosa echa mano del distanciamiento brechtiano como estrategia para describir, sin apasionamientos, el contexto actual de la Isla —lo que acentúa la potencia analítica de su relato—, y fabrica una puesta en escena desdramatizada en la que las situaciones transcurren con la mayor naturalidad, casi con desinterés; lo cual, teóricamente, debería ubicar al espectador en un lugar de reflexión más que de identificación emotiva. Para esto, el filme se vale principalmente de tres aspectos: una propuesta fotográfica “realista”, un estilo de actuación contenido y el uso de símbolos y referencias culturales que contextualizan a la vez que dimensionan históricamente el conflicto del filme.

La apuesta por una visualidad en blanco y negro sin grandes contrastes —a cargo del joven, aunque ya experimentado Javier Labrador— consigue un efecto de desaturación emocional de la imagen, reforzado por la iluminación mayoritariamente uniforme, la prominencia de planos medios o generales y el empleo de una profundidad de campo que aplana la capacidad expresiva de la fotografía; elementos todos empleados de manera consciente para minimizar el dramatismo de las acciones. El riesgo de esta apuesta estilística es que la aparente neutralidad de la cámara no se compensó con el realce de otros elementos en la puesta —un diseño narrativo de la banda sonora más complejo, un montaje más audaz, actuaciones poderosas—, y nos conduce por momentos a cierta abulia y llaneza visual.

De igual manera, la dirección de actores —en su mayoría no profesionales— tiene por objetivo introducirnos en un relato sin altisonancias dramáticas. Los personajes se desempeñan más como actantes que como seres humanos, lo cual no constituiría necesariamente un problema si, a pesar de estar limitados en su rango emocional, pudiéramos advertir por detalles de su interpretación la tensión interna que los mueve. Esto sucede especialmente en el protagonista, Gabriel Roca, en quien solo vemos a un prototipo de hombre que terminamos de armar según nuestras experiencias individuales, o al que podemos comparar irónicamente con arquetipos de nuestra historia patria.

En este punto no dejo de pensar que hay demasiadas coincidencias entre este Roca y aquel otro de igual apellido en la historia de la Revolución cubana como para considerarlas una simple casualidad; o con el propio Maceo, alusión esta que sí se evidencia desde la primera escena, en la que la imagen del héroe preside la composición visual del niño que lee una exaltación (a base de mentiras) de su padre.

La desdramatización de la puesta contrasta con el empleo subrayado de símbolos culturales e históricos como el anterior, cuya función es evidenciar la pregunta por la ética individual y colectiva dentro de las narrativas del socialismo cubano. El problema con estos símbolos es que, a diferencia de lo que ocurre con el minimalismo expresivo de otros elementos en el filme, se hacen visibles a toda costa y terminan por ser más redundantes y llanos que provocadores. La clase de Educación Cívica y su asunto “Aportes a la sociedad”, o la combinación de virtudes “revolucionarias” y supuestos regalos importados en la valoración que hace el niño sobre su papá en el aula, dejan muy poco espacio a la polisemia.

Es justo en este punto donde Rocaman se emparenta con otros materiales recientes de los jóvenes realizadores cubanos, en los que el guiño político pierde su capacidad de sugerenciay termina por restar profundidad al debate ideológico al interior mismo de las obras. Hay en el cine joven demasiada urgencia periodística por visibilizar temas de la agenda pública cubana, en un momento en el que ya no parece tan forzado a hacerlo, pues el periodismo alternativo e independiente comienza a cumplir cada día mejor su función. Pero también hay demasiada urgencia en la realidad de la Isla como para pedirle al cine que la ignore.

En ese sentido, es la última escena la que mejor consigue sobrellevar las diferencias entre evidenciar y sugerir una problemática. Por ende, es también la que logra una mayor coherencia entre la premisa ideológica del filme y su apuesta formal. En ella, vemos al hijo del protagonista sentado en el aula, con el mismo peinado de su padre, nombrando “Rocaman” al avatar con el que jugará en el Samsung 7 que él le regaló, mientras en off escuchamos a la maestra interpelando a sus estudiantes —y a nosotros mismos— con un par de preguntas: “¿Por qué fue necesaria la lucha armada? ¿Cuál de estas figuras despierta más la admiración en ti?”. Y en ese momento no hace falta que la maestra diga nombre alguno porque, inconscientemente, cada uno de nosotros sabe a quienes va a mencionar

 

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