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Cabrera Infante escribe sobre cine así en la paz como en la guerra

Por: Erian Peña Pupo
Mar, 09/04/2019 - 09:51

Cuando en 1963, Guillermo Cabrera Infante (Gibara, 1929–Londres,2005) publica en la hoy mítica Ediciones R parte de sus textos sobre cine, bajo el título Un oficio del siglo XX, ya era uno de los más originales críticos de cine del idioma. Desde las páginas de la revista Carteles y después de 1959, desde Lunes de Revolución, suplemento del periódico Revolución, Guillermo había afilado estilísticamente las armas de su lúdica relación con la escritura y el cine. Ya Cabrera Infante, el autor de la novela Tres tristes tigres (1967), se había convertido, irremediablemente, en G. Caín.

Precisamente en el año y el mes en que G. Caín hubiera cumplido 90 años –nació el 22 de abril– la 18va. Muestra Joven ICAIC realizó la mesa “Delirios crónicos. Literatura sobre cine y para cine de Guillermo Cabrera Infante”, moderada en el C. C.C Fresa y chocolate, por el investigador Juan Antonio García Borrero, e integrada por el escritor Antón Arrufat, Premio Nacional de Literatura, el reconocido director Fernando Pérez, Premio Nacional de Cine, el ensayista Jorge Fornet, la filóloga Gabriela Rey, y el crítico de cine Antonio Enrique González Rojas.

Con objetivo de “recuperar la memoria histórica de nuestra cultura” y desde “la posibilidad de hablar de la memoria cultural sin fracturas extraculturales”, asegura García Borrero, se abordó la obra de Cabrera Infante, uno de los fundadores del ICAIC en 1959, y para quien “no existían críticos de cine, sino escritores que escriben sobre cine”, según, expresa García Borrero, él mismo dijo.

Antón Arrufat, el único en la mesa que fue amigo de G. Caín desde mediados de la década de 1950, asegura que no recuerda exactamente cuándo se conocieron e iniciaron una “larga y continua amistad”: “Tal vez una tarde de diciembre de 1954 en el apartamento de Rodríguez Feo y en las reuniones preparatorias de lo que sería Ciclón; sus dieciséis números fueron una revolución completamente diferente a Orígenes”. Pero de eso tampoco está seguro, aunque sí recuerda cuando leyó su cuento “Josefina atiende a los señores” y que muchas cosas los unían, ambos, por ejemplo, eran orientales en la capital: Cabrera Infante de Gibara y Antón Arrufat de Santiago de Cuba.

“La ciudad se convirtió en una pasión adquirida. Dejamos de ser aquellos muchachos de provincia y aprendimos, en su lugar, las prácticas de la vida nocturna. Íbamos a todos los cines, desde el más cutre hasta el más elegante, donde Guillermo logró mostrarme el cine como arte”, añade Arrufat.

Para Jorge Fornet, “gran parte de la poética de Cabrera Infante está relacionada con un abordaje desde la historia hasta la cultura popular” y subraya textos pertenecientes a Un oficio del siglo XX.

Fornet mencionó diálogos de su obra y de su amistad con los escritores argentinos Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, y destacó que la novela La Habana para un infante difunto (1979) también tiene que ver mucho con el cine, especialmente el capítulo “Función continua”.

Por su parte, Fernando Pérez recordó las conferencias sobre cine de G. Caín en Bellas Artes, a las cuales asistió: “Entonces yo era un adolescente y no esperaba hacer cine; entré al ICAIC después, en plena Crisis de Octubre. Aquellas conferencias iban desde Orson Welles hasta Alfred Hitchcock y otros directores contemporáneos. No podemos olvidar que Cabrera Infante también ejerció el periodismo en Carteles y después en Lunes... Sus críticas de cine inevitablemente forman parte de la película. A través de la literatura logran prolongarte la expresividad o la interpretación de la película”.  

Con anterioridad y con apenas 22 años, Cabrera Infante había fundado la primera Cinemateca de Cuba junto a Germán Puig, Ricardo Vigón y Néstor Almendros, donde se proyectaron importantes cintas facilitadas por la Cinémathéque francesa y el Museo de Arte Moderno (Moma) de Nueva York.

Tres tristes tigres, Así en la paz como en la guerra, y La Habana para un infante difunto, son las obras de G. Caín que más le apasionan a Fernando Pérez, pero reconoce que prefiere, sin embargo, “esos momentos en que la literatura y el cine se unen de una manera magistral, pues los enquistamientos y las circunstancias pasan, pero la buena literatura y la buena crítica se quedan”.

Por su parte, Gabriela Rey, quien realiza su tesis de licenciatura en Letras sobre la crítica cinematográfica de Cabrera Infante, asegura que la ve “como un sujeto autónomo, incluso podría leer sus críticas sin haber visto las películas. Su crítica no es una zona de su producción alejada, sino que se inserta en el universo de Cabrera Infante junto a capas que son de la cultura popular, el humor... Incluso vemos a Caín como un personaje de ficción acompañado de caricaturas en Un oficio del siglo XX”.

Finalmente, Antonio Enrique González Rojas subrayó aspectos de la crítica de cine de Caín y la influencia en las nuevas generaciones del autor de Arcadia todas las noches (1978) y Cine o sardina (1997). Cabrera Infante también escribió argumentos que nunca llegaron a filmarse, como Cándido, El premio gordo y Stela, pero otros de sus guiones sí se convirtieron en filmes, como Wonderwall (1968) de Swinging London, y Vanishing Point (1971), con fotografía de Jonh Alonzo.

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