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Annecy arriba a la Muestra en tiempos de sequía animada

Por: Antonio Enriqu…
Mar, 09/04/2019 - 10:07

Además de cuna del Cinematógrafo, Francia resulta reina no coronada de los festivales del Séptimo Arte, con sus icónicas citas del Festival de Cannes, del Festival de Cortometrajes de Clermont-Ferrand y el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy. De los tres eventos, dos ya cuentan con afortunadas resonancias en los predios de la Muestra Joven: Clermont-Ferrand y Annecy –este último de reciente alistamiento–, dadas sus respectivas afinidades con las lógicas de formatos y conceptos del certamen cubano. Las selecciones proyectadas de manera colateral durante estos días resultan cardinales antípodas de los flujos fílmicos nacionales, con los cuales confrontar, dialogar y medir potenciales.

Annecy arriba con sus ocho cortometrajes en un momento de apreciable sequía animada en la Muestra, que ha conllevado a la lúcida disolución de la categoría Animación en los otros apartados; más por obligación perentoria que por su reformulación orgánica como lenguaje y no como género, a que debió llegarse hace unas cuantas ediciones atrás (o quizás desde el mismo principio).

Contrario a este panorama árido, la selección de los franceses se revela ante la animación mundial como un campo prolífico, variado, bullente de creatividad e intenciones. Bien a salvo del mainstream 3D, que ya delata agotamientos de los cánones de Pixar –al que Sausage Party (Conrad Vernon y Greg Tiernan, 2016) dio un golpe de muerte–, o de las pretensiones digitales por calcar la «vida real» a fuerza de ceros y unos, gran punto flaco de la reciente, exitosa e irregular serie Love, Death + Robots de Netflix.

Puede apreciarse una saludable concomitancia visual y conceptual entre el simbolista Egg (Martina Scarpeli, 2018) y el clásico pionero de la animación digital que es Hunger (Peter Foldes, 1973), a partir del tono surreal casi pesadillesco, y las figuraciones ralas que empoderan y reivindican a la línea como una de las grandes creaciones humanas.

Desde la dicotomía entre la infinita flexibilidad del cuerpo y la más inflexible rigidez del canon que lo determina, la directora Scarpeli despliega una asfixiante alegoría a varias de las más perentorias angustias de la mujer que repiensa su cuerpo, rejerarquiza sus roles sociales e íntimos, y que deconstruye su misma y sacralizada esencia alegórica (valga la redudancia) de cuna vital. Egg discute desde la herejía, la militancia y la profundidad filosófica, a salvo en todo momento el activismo fácil.       

Con Barbeque (2017), su autora Jenny Jokela vuelve a discursar sobre la mujer y su cuerpo, desde un relato fantástico cuya fuerte visualidad pictórica de unívoco sino naif subraya su lírico carácter mitopoético. Un verdadero «jardín de las delicias» es esparcido a golpe de gruesa paleta pictoricista por todo el lienzo fílmico, en constante mutabilidad morfológica. Pero no tarda en revelar su sujeción a una ciclicidad tautológica, una pluralidad planificada, a una diversidad controlada.

La colorista belleza de esta horda de mujeres polimórficas emboza una calculada permisividad que traza límites nítidos a las expresiones de libertad simbolizadas, en un primer momento, por la orgía de cuerpos. Las rutinas proteicas de las mujeres sorprenden al inicio cuando son captadas en primeros planos o planos engañosamente generales; para luego adquirir un ritmo de inconsciencia industrial una vez que se revela todo el paisaje diegético con una gran panorámica. La Jokela parece hablar de los horrores ocultos tras los aparentes triunfos. Quizás clama desde su personal óptica por la necesidad de localizar y entender los estratos más profundos de la dominación.  

Con Afterwork (2017), Luis Usón articula igualmente un discurso sobre las oscuridades camufladas tras los sistemas de representación kitsch, aunque su acre fábula anti-Hollywood apuesta más por el golpe de efecto que por desarticular a mayor profundidad el sistema industrial del entretenimiento. Aunque resulta muy válida la asociación entre las secuelas que deja este ámbito en el protagonista y las repercusiones mortales de la guerra en un veterano.

Hybrids (Florian Brauch, Matthieu Pujol, Kim Talihades, Yohan Thireau, Roman Thirion, 2017), con su hábil animación en 3D, vuelve a poner sobre la mesa las preocupaciones medioambientales desde una particular fábula postapocalíptica, que termina evocando la inmensa adaptabilidad de la vida, no importa cuán pavoroso sea el escenario. El drama orgánico de la subsistencia que se despliega en el breve relato, termina trascendiendo su inmediato sino trágico para proponerse como triunfal recolocación de la vida posthumana.    

Desde unas respectivas poéticas delicadamente dialogantes con la animación tradicional y la ilustración, Weekends (Trevor Jimenez, 2017) y Bloiestraat 11 (Nienke Deutz, 2018), indagan en honduras de la niñez, vadeando cualquier mirada frívola, idealizada o moralista.

Weekends despliega los paisajes mentales y la percepción mitopoética de la realidad de un protagonista que lidia con la separación de sus padres y con la mutación que ha experimentado su reciente vida. Ya no solo ve divididas sus rutinas entre dos progenitores divorciados, sino entre dos planos de la existencia más aun radicalmente ajenos. Su brega con las monstruosidades y entuertos de tal nuevo estado de cosas se expande hasta los confines de lo épico, lo fantástico y lo terrorífico. Todo es posible en esta arremolinada diégesis, regida por la cosmovisión del niño.

Bloiestraat 11 deriva sus miras hacia las primeras experiencias afectivas de la infancia: suerte de célula madre en la que, con posterioridad, se perfilarán los nítidos senderos del amor, la amistad y el cariño. Nienke Deutz cartografía con levedad profunda los primeros conflictos, traumas, desengaños y desgarramientos de la niñez, revalorizando las dimensiones de estos impactos prístinos que ayudan a trazar raseros morales y sentimentales para el resto de la existencia.

Las niñas son figuradas como papeles recortados y coloreados con premura por otra niña-autora que rige las acciones desde su omnipotencia, o bien observa cómo toman vida propia sus criaturas y se esparcen con libre albedrío.

Contrario a esta propuesta, Inanimate (Lucia Bulgheroni, 2018) propone una casi terrorífica historia sobre la ilusión del libre albedrío, la manipulación de la existencia por poderes ignotos, incapaces de percibir. La técnica del stop-motion –cual sofisticada derivación de las marionetas que resulta, al fin y al cabo– es recurso ideal para simbolizar la predederminación esotérica de todas las dinámicas de la vida, aparentemente sujetas a la volición personal.

Las semejanzas con las propuestas de Dark City (Alex Proyas, 1998) y la trilogía The Matrix (Hnas. Wachowski, 1999, 2003) se revelan por encima de las divergencias formales. La Bulgheroni apela al suspense psicológico con una trama fugaz pero eficiente, que aprehende con fuerza el desasosiego de la creación al saberse creada y conducida a destinos ineluctables, fotograma a fotograma.   

Con Biciklisti (2018), Veljko Popović propone una nueva apropiación del universo iconográfico de un artista visual, para lo cual la animación es el lenguaje ideal en todo su espectro. En este caso se trata del croata Vasko Lipovac, quien no deja de parecer un Fernando Botero de Europa del Este, con sus formas mullidas y macizas. Desde el alegre colorismo, el autor larga un pícaro relato muy «decameroniano» con finales tintes surrealistas.

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